El vuelo que tomé hacia la huída fue caótico y ¿qué esperaba después de reservar un itinerario tan atropellado? me encontré entre cambios de vuelos y cancelaciones por mal tiempo, retrasos y rezos para poder llegar al destino, las opciones eran de lágrima; Denver-Miami-Phoenix, Denver-Dallas-Phoenix, Denver-Sacramento-Phoenix, Dallas-Miami-Phoenix, como estaría la cosa que “por mal tiempo” desviaban a Denver ¡¡¡Denver-de-las-nevadas por Dios!!! ninguna opción lucía particularmente divertida y pintaba para ser un tour por los States antes de llegar a Phoenix, me puse dramática…

…De grito en grito llegué a la conexión en Denver (que no pintaba para ser la última) pasé la enorme fila de migración y al ir corriendo para alcanzar el famoso vuelo que tanto tardé en arreglar, se rompe el tacón de mi bota (que no cambié por venir directo de la cena de Navidad) y así tacón rodada abajo y su servidora en momento Goofy corriendo escalera abajo sin lograr avanzar, ni alcanzar mi tacón, ni sortear adecuadamente humanos cuesta arriba. Recuperé mi tacón, perdí toda mi paciencia, un poco de respeto del público presente y… mi vuelo.

Tras arduos pleitos con American Airlines y US Airways sentí mi cabeza al borde del paro de labores tras muchas horas sin dormir, con los pies deshechos por mis tacones del 8, pantorrilla adolorida por corredera a desnivel, mis ganas de seguir peleando arruinadas, el tacón en una mano y la 5ª taza de café en la otra…me dije; “reina, ¿crees que es mala suerte o simplemente no fue la más brillante idea volar en Navidad sobre el tradicional clima vuelto-madres-invernal de los States?…

…La respuesta fue que no, no tuve mala suerte sólo una logística precipitada y lo que inició como “la huída de mi tierra Azteca” era un pretexto para justificar mi mes de ausencia y pretexto también por si ese mes se alargaba, que lo que más anhelaba era largarme desde hace meses, que las vacaciones largas siempre han sido vitamina para mi y que estar fuera en un espacio neutral me ayudaba a definir mi vida año tras año. Lo demás, son consecuencias invernales.

Me di cuenta que no podía estar mejor, no podía pedir más y entonces tenía que dejar ahí en Denver toda la mugre que todavía arrastraba y los discursos pretextosos. La diversión tenía que comenzar.

Vi nevar y salí corriendo (casi), al salir se me congelaron hasta las pestañas y nadie estaba afuera más que yo que buscaba ansiosamente fumar tras 10 heroicas horas al borde del colapso de abstinencia nicótica. Entonces todo cambió.

Fumé por 20 segundos hasta que mis dedos dejaron de funcionar por el frío. Alrededor era hermoso, las montañas de Denver estaban nevadas y se distinguían perfectas alrededor del aeropuerto. Vi de repente gente entrar y salir en friega hasta que un Denvereño me dijo “¿mejor entramos no?” y me abrió generosamente LA PUERTA, si con mayúsculas, porque al entrar fue como cambiar el switch de amargue a felicidad y ya en mi más hello-kitty-mood me di cuenta que la música, el ambiente, los olores y todo en general además de tener el toque navideño estaba tranquilo. El acelere, los problemas y el dramatismo eran cosas que decidí imprimir anteriormente a esa escena, pero al entrar de nuevo todo lo vi distinto.

Ya en estado zen, acudí de nuevo a las aerolíneas y finalmente obtuve un pase de abordar con vuelo directo a mi destino, estaba sobrevendido pero supe que me iría en ese vuelo. Camino a la sala de abordar, mensajeaba a Pizzerole y Leopolod sobre lo sucedido (ya en versión chiste) y me di cuenta que ese aeropuerto ¡¡¡era el cielo, vamos!!! con un festival gastronómico de muffins, café de todos los sabores, bagels en todas sus presentaciones, cuanto munchi y souvenir innecesario, bares, sección de videojuegos, internet de banda ancha y música de peli gringa navideña ¡¿qué más podía pedir?! Pensé que un ‘crush’ complementaría la escena y entonces alguien se acercó y me dijo -¿hacia qué puerta vas?- le contesto, me mira como si no escuchara diciendo –no se dónde está, pero algo te tenía que preguntar- . Fui feliz, mis deseos eran órdenes.

Ese “crush de 3 segundos” me hizo recordar lo que me gusta personificado en 1.85, pelo castaño, ojos azul deslavado con una mirada tierna como el cielo que me hizo entender que estaba sola, bien sola, al grado de disponible y feliz.

Platicamos mientras caminábamos, me pidió mis datos pero aposté por el -dame tu tarjeta- que entregó diciendo -hazme saber dónde puedo encontrar esa sonrisa- y sonrió. Yo sólo pensé “take it all…Merry Christmas World”…sonreí y poniéndome mi guante le dije adiós.

Aproximadamente 5 metros después tiré la tarjeta, 10 después me arrepentí y 15 después agradecí no engancharme con algo que quiero, pero que por el momento no es prioridad. Quiero irme a sentar a una piedra para meditar y equilibrar tantas emociones.

Claro que hasta hoy (casi un mes después) me sigo diciendo – ¿en qué momento tiré el papel? ¿acaso soy idiota?, ¡me gustó mucho! – pero en ese momento no quería más historias para coleccionar.

La recompensa; Santa, si, el panzón en rojo aterciopelado me recibió en el aeropuerto tras ¡uff! muchas horas de suspenso, así entre Santa y su asistente (que no era precisamente un reno) nos fuimos a cenar, celebrar con una margarita tamaño jumbo y después a relajarnos al calor de la chimenea de la que será los siguientes días-meses mi casa y que siento como tal. Ya descansada, échenme otras 15 horas de vuelo.