Nadie a quien haya preguntado en Arizona conoce el Goldfield Ghost Town. De hecho lo encontré por accidente en Internet consecuencia del Síndrome del Turista que localiza lugares poco comunes para los nativos.

El GePeSe marcaba el lugar a 54 minutos de distancia, para uno que viene del paradisíaco DF ese tiempo no es gran cosa, pero pal’ Phoenixeño requiere un poco de meditación porque -está lejos-. Así, nos dirigimos a Mesa, Arizona.

Al llegar babeamos con los colores del cielo más los que ocasiona en las montañas de roca de café a anaranjado a rojo que hacían un conjunto memorable, así que tras cerrar la boca después del atasque de pantones convertimos la turisteada en sesión fotográfica.

El pueblo es como un set de “El bueno, el malo y le feo” pero en declive y sin Clint Eastwood punto. Muy lindo, cuidado y pintoresco.

Recolecté algunos buenos momentos como el de artesano con fobia-a-ex-esposa al que irrumpí en su taller con la intención de tocar el barro trabajado y fresco antes de hornear. La de la cafetería que nos vendió las bondades de un recién horneado “seven layers” que es una cosa muy deliciosa y calóricamente pecaminosa. El de la renta de carruajes que nos enseño que las buenas fotos lo son porque lo incluyen…

…Pero las palmas se las llevó el Mister-de-la-Mina, en overol de mezclilla, sombrero café, barba gris jaspeada y ojos azules. Podría firmar que ama su trabajo y esas son cosas que se ven y se vibran, el hombre nos regaló una plática así como pal’ cafecito antes del tour a la mina.

El recorrido fue bueno pero aún más el talento del hombre para manejar 10 situaciones al mismo tiempo, mientras nos analizaba individualmente, organizaba veloz a todo el grupo que era más grande de lo normal, interactuaba con la niñita que no paraba de interrumpir, dominaba al niño que lloraba de miedo, nos hacía interactuar, preguntaba, guiaba, platicaba y no se distraía. Obvio eso debe hacerlo desde hace 50 años, lo que le da aún más mérito porque para ser una rutina lo hacía con la emoción del día uno en el trabajo que más soñó.

Seguramente el Mister-de-la-mina, el artesano, la de la café, el del carruaje, etc. siguen libres de la invasión de arrugas y rozagantes sin necesidad de blush en las mejillas nomás por vivir haciendo lo que les gusta.

¡Ah! que bueno es estar lejos del “¿no sabes de algún trabajo? ya no aguanto el que tengo”, “odio mi chamba pero no hay de otra”, y de mi lista ‘hateforever’ “pues ni modo, a darle que no queda de otra” seguidos por suspiros de lamento.

Mi conclusión es que ese Ghost Town donde no pernocta nadie, alberga de día personas muy high profile-adas por su maestría de trabajar en lo que disfrutan. No se si todos, pero seguramente es la estadística inversa a mis otros paraísos en donde pian-pianito el 85% a mi alrededor no les apasiona lo que hacen y en un alto porcentaje además lo detestan.

Lástima descubrir al final que ese pueblo tiene WiFi libre (habrase visto semejante lujo pa’ un pueblillo ahí alejado del Estadio de los Cardenales), ni hablar…se me fueron hartos Twitts.