Tenía que ir a Sedona tras haberse convertido en mi repetido pase automático al llegar a migración con mi respuesta “Vengo a meditar a Sedona”, tras ese diálogo no hay pregunta-consecutiva-automatizada más que una cara de “¿quién coño viene a meditar a Sedona tanto tiempo?” y una barrida de pies a cabeza. No más detalles requeridos.

Así que esta vez le hice una visita cultural, digo, algo tendré que decir el día que migración logre cuestionarme sobre mis meditaciones de meses en Sedona.

Además de la fiesta-del-pantone tradicional de Arizona, Sedona lo complementa con esas formaciones de roca poco lógicas y unos árboles blanco-grisáceos que invitan a acabarse cuánto GB traiga la cámara que, al menos en mi caso no logró hacer justicia al escenario real.

Turisteando al costado de un río, encontré rocas apiladas en el camino, unos pasos después conformaban todo el escenario, cientos de pilas de rocas de diferentes colores en el piso, sobre los troncos y sobre otras pilas de rocas más grandes. Me parece que aquí las fotos dirán más:

La actitud de cualquiera que llegaba era de ensimismamiento total.

Explorando ese escenario, el paso intuitivo fue armar mi propia torre. Mientras buscaba las rocas adecuadas caí en cuenta del tiempo que había pasado desde la última vez que jugué con una y así llegaron más pensamientos desde aquel día a la fecha, entonces encontré el valor a esas piedras.

Tal vez todos los que hemos pasado por ahí logramos conectar, meditar, recordar, echar raíz, analizar o que se yo cuántas cosas pueden a uno pasarle por la cabeza mientras arma su pila de rocas. Entonces cada quien a dejado y se ha llevado algo más que el souvenir mental de la apilada de piedras.

No encontré medio significado o explicación del tema del jardín rocoso. Sólo se que a mi me sirvió para tocar base y recapitular.

Por cierto, ahora que lo pienso, se cumplió lo que tanto he dicho en migración.

Estos días el cruzarme con piedritas y rocotas está teniendo nuevos significados.